Lenta pero segura, me acerco a la próxima actualización. Ya está todo casi a punto, hace semanas que podría haber subido el diseño nuevo, pero... he querido hacer una remodelación interna para acabar con el batiburrillo que tengo y ordenarlo todo. Lo que está relacionado con una de las cosas que tengo que decir en el post que pretendo escribir como resumen de este curso.
Mientras tanto, a falta de facilidad para escribir, me dedico a leer.
No sé qué. En castellano, original, muy corto y... genial.
Mañana he de entregar la hoja con mi opción para el año que viene.
Actualmente, soy la única persona en el colegio que está estudiando la doble vía de letras, como ya he dicho otras veces, lo que significa que estudio a la vez el bachiller social y el humanístico.
El motivo por el que escogí hacer esto, pese a ser mucho más difícil y tener una hora más de clase a la semana (con lo cual no tengo ninguna libre) es que mi madre me lo suplicó para no cerrarme puertas, ya que yo quería estudiar el humanístico solamente.
Me arrepiento. Sí, me arrepiento, y me he arrepentido desde hace un tiempo. De todas formas, lo hecho hecho está. Acabo el curso, y punto.
¿Por qué me arrepiento? Pues porque tengo que dar las malditas matemáticas del demonio, las cuales jamás se me han dado bien y que me están fastidiando la media todo el curso, encima de darme demasiados quebraderos de cabeza.
Por eso mismo he decidido coger el año que viene la vía simple, la del humanístico, tras explicarle a mi madre que las únicas carreras que puedo estudiar sólo con el social, no me interesan en lo más mínimo.
Asunto concluido, no más problemas.
En lo referente a un futuro más lejano... Pienso ir a la universidad, por supuesto. Y puesto que mi madre ya me ha dejado claro que voy a estudiar aquí, me quedaré en casita, o intentaré pedir una beca en una de las residencias públicas.
Quiero estudiar periodismo, en primer lugar. Me costó muchísimo decidirme tras pasar ocho años queriendo ser médico y de la noche a la mañana perder la ilusión. Aunque siempre dije que quería ser escritora. Es algo que me ha apasionado, pero... que veía como un sueño. No sé, la idea de hacer vivir a la gente las cosas que pasaban por mi cabeza era tan intoxicante...
Pensé en estudiar ingeniería informática. También historia, para dedicarme a la docencia, o directamente magisterio. Pero al final mis sueños me ganaron, y me decidí por periodismo.
Desde luego, no tenía ninguna ilusión, casi me forcé, convenciéndome a mi misma de que era el mejor camino para llegar a ser escritora, pero poco a poco me he ido ilusionando, me he ido incentivando a mi misma, viendo las distintas puertas que me abrirá esa carrera... Y sobretodo, pese a que me da algo de vergüenza reconocerlo, está Letizia Ortiz.
¡Sí, vale, ya sé que es una tontería! Pero se ha convertido en un modelo para mi. Moderna, independiente, segura de si misma... Me encanta la futura Reina de España.
La carrera de periodismo se estudia en la Facultad de Filología, y es muy nueva aquí en Valencia, sólo se oferta desde hace dos años, por lo que la nota es muy elevada, y cada año va en aumento. Actualmente está en un 8'3.
Investigando, investigando, descubrí que se compatibiliza con más carreras. Las que más me interesan: publicidad y comunicación audiovisual.
Aquí solo se da comunicación audiovisual, cuyo primer ciclo (tres años) es idéntico al de periodismo, y el segundo algo similar también. He decidido estudiar las dos.
Al principio me resultaba una utopía, eso de estudiar las dos carreras, pero he descubierto que mi profesora de Griego, Lola, hizo dos filologías a la vez, y me dijo que en realidad no es tan difícil, sino que en vez de tener cinco asignaturas, tienes diez.
Lo que me gustaría saber es si podría ir sacándome algunas asignaturas (como optativas, etc.) los tres primeros años, para no ir tan agobiada los dos últimos. A ver si con suerte puedo...
Y en el campo laboral... Con suerte trabajaré como becaria en un periodicucho en mi primer año. En segundo y tercero trabajaré en El Levante, y en cuarto y quinto combinaré mis estudios con mis cameos en El País.
Al acabar mis dos carreras, las productoras y cadenas de televisión se pelearán por mi, y finalmente entraré a trabajar de guionista en una serie de éxito nacional. La que yo quiera, mientras comienzo a trabajar en mi primer libro, que será un éxito internacional y un best-seller mundial.
Dejarme seguir soñando, ¿ok?
Pasé el fin de semana en el chalet con mi padre y el frío. Sobretodo con el frío.
Ignoro el hecho por el cual nunca me pongo más mantas en la cama, si sé perfectamente que al despertar entraré en estado de shock y encogeré las piernas enbutiéndome con la manta y el edredón hasta parecer una masa informe.
En fin.
Ayer por la tarde nos fuimos Lora, Rodenas, Tuky, Alex y yo a comprar al Nuevo Centro.
Los pantalones de Lora no habían llegado, pero se compró una camisa blanca con corbata negra y rayas blancas incorporada, horrible y feísima. [la corbata, no la camisa] Así que ya le he dicho que no se le ocurra hacer el baile para el cual la ha comprado con esa cosa horrible colgando de su cuello, que ya le dejaré yo la mía y que más adelante use ese colgajo de tela, o se compre una como la mía. ¡Já! ¡Faltaría más!
Tuky estuvo mirando zapatos conmigo, así como Alex miró zapatillas, pero al final sólo yo me compré calzado. Sí, señores, unos de esos horribles zapatos de pija blancos con tiras negras, que me resultan tan adorables y que me hacen los pies más pequeñitos y monos.
Luego fuimos a cenar al Burger King, donde nos reímos una barbaridad, y a por el postre al McDonalls, antes irnos a casa.
Esta tarde vamos a ir al cine los mismos, a ver Scary Movie 3. Y yo debería haber ido a la biblioteca a estudiar ya. Sep... Porque tengo tres exámenes al volver, y no es plan de seguir tocándome el nas.
En fin, a ver si me animo y hago un nuevo lay. ¡Oh! ¡Capítulo 2 de mi historia ya disponible! Click en More para leerlo.
2
Aguantándose la risa, todos los jóvenes se dirigieron a sus clases, bajo la atenta mirada de sus respectivos tutores.
Jose parecía más confuso que enfadado y pese a las apariencias, Javier hacía auténticos esfuerzos por no carcajearse ante el resto del profesorado.
Todavía quitándose basura del pelo, los participantes explicaron a sus compañeros de clase lo sucedido mientras tomaban asiento.
Dejando sus cosas sobre la mesa, Jose los encaró finalmente.
—Me parece increíble —les espetó sacudiendo ligeramente la cabeza—. Sabéis que os estáis jugando vuestro futuro, que los profesores estamos hartos de vuestro comportamiento, y aún así os dedicáis a hacer el imbécil.
Las pequeñas sonrisas que se habían mantenido en sus labios, desaparecieron ante el duro tono empleado.
—Es que ya no sé que deciros para que reaccionéis. Os importa todo bien poco, eso ya lo habéis dejado claro. A mi desde luego sí que me da igual, porque el año que viene probablemente no estaré aquí —. El silencio en la clase era sepulcral, y todos bajaron la vista, avergonzados—. Qué como dice mi padre, ya tenéis todos pelos en los huevecillos, ¿eh? De verdad, que me habéis defraudado. Pensaba que vosotros por lo menos todavía teníais algo de madurez, pero habéis demostrado que sois unos críos.
—Pero Jose…—interrumpió Samanta.
—No, pero Jose nada. Me da igual quien haya sido, lo importante es quien ha ganad… Digo…
Los estudiantes miraron asombrados a Jose.
— ¿Qué?
Sin poder evitarlo, la mitad superior de su rostro se tornó completamente roja.
—Qué, de verdad, os habéis pasado.
A casa segundo que pasaba todos se sorprendían más al ver los esfuerzos que Jose tenía que hacer para evitar que la risa brotara de sus labios.
—Jose. No estás enfadado —declaró Ainhoa Piñol.
—Claro que sí —respondió él seriamente, mientras pasaba a un color más oscuro, casi azulado.
— ¡No! —exclamó Mercedes—. ¡Pero si te estás riendo!
— ¿Pero como no me voy a reír? —soltó finalmente—. Ver a casi dos clases enteras tiradas en el suelo, y hasta arriba de basura es demasiado para cualquier profesor.
Relajados ante la declaración, todos se permitieron sonreír, y alguno suspiró.
—Lo que pasa es que ha sido en el peor momento. Justo nos estaban diciendo que se van a poder muy duros, y vais vosotros y montáis la de Dios. Me parece que esta vez os…
Unos sordos golpes en la puerta le interrumpieron, e hizo una breve seña con la mano a los estudiantes para que guardaran silencio cuando el jefe de estudios entró acompañado de los dos coordinadores.
Subieron a la tarima y miraron seriamente a los alumnos. O al menos Vicente Fuster y Amelia así lo hicieron, puesto que Javier no podía ocultar la sonrisa de satisfacción que llevaba en la cara. Era la sonrisa del cazador.
—Desde luego no tenéis sentido común —dijo Vicente—. Pensaba que estaba tratando con alumnos de bachiller, aunque ya empezaba a sospechar, pero me acabo de dar cuenta de que sois niños de preescolar.
La supuesta exageración del hombre era el tema más comentado en las mentes de los jóvenes, que no despegaban la mirada de sus estuches.
—Para empezar, este miércoles vais a venir todos por la tarde. Y vais a venir todos, porque hoy mismo vamos a enviar una nota a vuestras casas contando lo que ha pasado y si alguien no la trae mañana firmada por sus padres, les llamaremos. Además, ahora cuando acabemos, vais a bajar al primer piso y vais a limpiar con los de la C el estropicio que habéis dejado—. Hizo una pequeña pausa y miró a los alumnos uno por uno—. Y vais a tener que explicar a vuestros compañeros de primero y segundo por qué nadie, absolutamente nadie, va a poder permanecer en los pasillos durante los recreos.
Vicente asintió en dirección a los coordinadores. Amelia fue la primera en tomar la palabra.
—Desde luego como el año que viene sigáis así, lo vais a tener muy difícil para terminar el curso —comenzó cruzando los brazos sobre el pecho—. Si es que no tenéis sentido común. Yo no sé que os creéis que es este colegio, pero os aseguro que no nos vais a tomar por el pito del sereno.
De forma inconsciente, Sara comenzó a rascar suavemente la superficie de su mesa, intentado eliminar una mancha de corrector.
—Eso será si es que acaban este curso —interrumpió Javier metiendo las manos en los bolsillos de su bata de un blanco impoluto—. No sé como hay que deciros que no estáis aquí por obligación, y que esto no es quinto de la ESO.
Algunos pronunciaron mentalmente las palabras a la vez que Javier, ya que las conocían a la perfección.
Dirigiéndoles una mirada de profunda contrariedad, Vicente se despidió de Jose y los tres dejaron el aula.
— ¿De verdad van a ser tan duros? —preguntó Alba Marqués.
—No lo sé, Alba. No lo sé —contestó Jose preocupado.
Instantes después, toda la clase se dirigía en absoluto silencio al primer piso. Intentando hacer el mínimo ruido descendieron las escaleras y en cuanto giraron a la derecha, vieron a los estudiantes de ciencias, que se afanaban en meter todos los desperdicios en grandes bolsas de plástico negras.
Al ver que no había nadie más que Jose vigilándoles, se permitieron intercambiar pequeñas sonrisas a espaldas de éste, e incluso se dejó oír alguna risa.
—Me pregunto en que consistirá ese plan B…—murmuró Jose intranquilo mientras observaba a los adolescentes, preocupado por su futuro.
— ¿Qué es todo eso que me han contado de vandalismo escolar?
Peter, el profesor de religión, entró en clase el martes por la tarde y lo primero que hizo fue solicitar la versión no oficial de lo sucedido el día anterior, puesto que él estaba de convivencia con los alumnos de tercer curso de enseñanza obligatoria.
—Nada, pues que parece que los profesores se hayan vuelto locos —explicó Miriam sacudiendo la cabeza, todavía desconcertada por la actitud que todo el profesorado había mantenido durante el día con ellos, salvo contadas excepciones.
—Estábamos manteniendo una relajada y amena discusión con nuestros compañeros de estudios sobre la superioridad de una rama de estudios u otra, cuando sufrimos un pequeño percance en el pasillo, y los profesores nos acusaron de vándalos irresponsables —dijo Alba Gómez causando de forma premeditada la hilaridad entre sus compañeros.
—Ya… Relajada y amena discusión, ¿no? —Peter frunció el entrecejo y les miró en silencio durante unos segundos—. E imagino que no pasaría nada más.
—Tal vez… hiciéramos algo más —admitió María Polo.
— ¿Cómo por ejemplo…?
—Acabar dos clases enteras tiradas en el suelo del pasillo cubiertos de la basura de las papeleras de todo el primer piso. Frente a la sala de tutores.
Peter miró asombrado a Elena, que se encogió de hombros con aire inocente.
— ¿No pensaréis tener relajadas y amenas discusiones durante las convivencias, verdad?
Una puerta se abrió, dejando entrar una pequeña franja de luz que iluminó momentáneamente un despacho ocupado por varias mesas y algunas estanterías repletas de libros de texto.
—Creo que sí, señor. No, no sospechan de mí. Le informaré en cuanto acabemos, señor.
El teléfono móvil fue desconectado y la conversación acabó.
— ¿Qué intentas decir?
Los profesores habían sido reunidos nuevamente a finales de semana y se encontraban en la sala de profesores del primer piso. Algunos paseaban por el amplio espacio, y otros se limitaban a permanecer sentados, atónitos por la conclusión a la que se había llegado tras horas de reunión.
—Ya sé que parece un poco drástico —insistió Fuster—, pero os aseguro que no hay otra solución.
—No sé, a mi todo eso de la Reeducación Psicotécnica me suena muy raro —alegó Paco introduciendo los pulgares en los bolsillos de sus pantalones deportivos—. ¿En qué consiste exactamente?
—Yo te lo diré.
Todos se giraron sobresaltados hacia la figura que permanecía oculta en un rincón de la habitación. Lanzaba rítmicamente un pequeño objeto alargado al aire, y lo volvía a coger, apresándolo fuertemente entre sus dedos. Cuando se acercó a la luz, vieron que se trataba de una tiza.
—Lo que pretenden hacer, es establecer un sistema de control mental. Coger a los alumnos, y reeducarlos —la voz de Carlos Durá sonó sarcástica— para que dentro del colegio, sean unos perfectos angelitos. Entrarán en clase, se sentarán, permanecerán callados y harán todo lo que un buen estudiante debe hacer.
— ¿Eso es posible? ¿Podemos hacerlo? —preguntó Jaime Buigues inclinándose hacia delante en el sillón en el que permanecía sentado.
—Si conseguimos una mayoría de votos, sí —contestó Amelia mientras un silencio incómodo se imponía entre los asistentes, tan solo roto por el bufido de incredulidad de Peter.
— ¿Cuándo lo someteremos a votación? —interrogó Ana Martí frunciendo el ceño.
—Mañana viernes —aclaró ella.
El chasquido que produjo una tiza al partirse, fue lo último que se escuchó antes de que todos salieran al pasillo y se dirigieran a sus casas.